Cuando Charlie Kirk fue asesinado el año pasado, Amber Feild recuerda que vimos a varias personas «celebrando… la muerte de un fanático que ha causado un daño material palpable a otras personas». Tal respuesta parece estar en desacuerdo con el testimonio cuáquero de la no violencia, porque está en desacuerdo con ese testimonio, pero también es una respuesta muy humana.
«A mucha gente le gusta idear y obsesionarse con la violencia cuando ven nuestros problemas políticos», explica Amber. La ansiedad política engendra resentimiento y sentimientos de impotencia y, a veces, es fácil imaginar que un golpe rápido y contundente contra el objetivo adecuado podría, de alguna manera, arreglarlo todo.
Y, sin embargo, reflexiona, lo que provoca el cambio es cuando la gente se une para ganar la partida a quienes ostentan el poder, como los habitantes de Minnesota que se resistieron a la presencia invasora de las patrullas del ICE en sus barrios. «Y creo que eso es mucho más interesante», dice, «que apretar el gatillo una sola vez».
En última instancia, dice Amber, la creencia cuáquera en «lo que hay de Dios en cada persona» hace que el asesinato y otras formas de violencia política sean una imposibilidad ideológica, y es nuestra adhesión constante a esa creencia lo que sostendrá el poder de nuestro activismo.


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